Lo estaba esperando sentada en el segundo escalón de la entrada principal del edificio. Miró su reloj con detenimiento pero no prestó atención a la hora, estaba segura que se había retrazado dando alguna clase, tal vez charlando con algún alumno para darle consejos como hacer mejor el trabajo práctico. Él solía hacer esas cosas: ayudar a sus estudiantes a ser mejores estudiantes, aunque no siempre lo consiguiera.
Se olió la muñeca y comprobó que aún estaba intacto el perfume. Se había perfumado a escondidas para que su madre no se diera cuenta. No le gustaba que usara "ese tipo de perfumes" y Julieta se sentía confundida al respecto, ella también era una mujer ahora y sus perfumes de niña, que además se evaporaban en segundos, la hacían sentirse un bebé y ya no lo era. Se había cepillado el pelo con cuidado y mucho tiempo pues no lograba decidirse si el pelo recogido o suelto la hacía verse más grande. Optó por una media trenza que se hizo con afán y destreza. Se acomodó un poco la camisa blanca inmaculada y deseó que él se percatara del crecimiento de sus pechos el ultimo semestre. Su madrina le había regalado su primer sostén, era de algodón y modelo deportivo pues apenas se asomaban de su piel unas pequeñas curvas, pero Julieta sabía que era el paso intermedio para poder usar los sutien de encaje que usaba su madre. Su periodo le había venido hacía casi un año, a sus once recién cumplidos, y había sido un gran acontecimiento en la familia. Fueron a comprar con su madre y su tia todos los elementos de higiene y ella se sintió desbordante de felicidad.
Mientras recordaba eso, el celador del edificio la miraba curioso desde atrás del gran ventanal, sentado en un escueto escritorio. Julieta le echó una mirada furtiva y él sonrió divertido.
Ya había pasado más tiempo del que planeaba esperarlo y estaba empezando a caer la tarde. Si no llegaba a su casa antes del anochecer su padre se pondría furioso. Trató de no pensar en eso y puso más énfasis en repetir el discurso que había preparado minuciosamente para declararle su amor. En él incluía que entendía la diferencia de edad pero que eso proporcionaba que el pudiera enseñarle todo lo que había aprendido, despúes de todo era maestro y se notaba que disfrutaba enseñar. Como ya hacía rato que tenía su periodo, podía darle hijos según había leído a escondidas en una revista de sexualidad, que su amiga Maite le sacó a su hermana (aunque no entendía muy bien cómo). También incluía presentaciones familiares, cosas en común con su padre, para ayudarlo a aceptar el amor que se tenían, y un profundo agradecimiento por la nota escrita en su boletín comentando lo contento que estaba de tenerla de alumna. Julieta era la más participativa en clase, siempre hacía los deberes y se destacaba por su empeño en mejorar día a día, lo que hacía que su maestro le dedicara grandes sonrisas y ella muriera de amor. Mientras ensayaba las palabras en diferentes tonos, vió doblar la esquina el auto que tanto había esperado. Se paró de un salto, puso el pelo largo y brillantes sobre los hombros y sonrió espectante a la espera de ese hombre de ensueños que la hacía flotar. El auto estacionó en la puerta y vió bajar una mujer de pelo moreno y hermosos ojos color esmeralda. Llevaba en sus brazos un bebé de casi seis meses con el pelo rubio casi blanco como un ángel. Julieta se decepcionó de que no fuera el auto que esperaba pero entonces, el hombre al volante asomó la cabeza por sobre el techo del auto. Su maestro aún no se había percatado de su presencia y menos aún de la mirada de espanto que Julieta paseaba entre él y la mujer con el bebé. Mientras ellos avanzaban abrazados, Julieta iba repitiendo las posibilidades de que la mujer fuera la hermana, la prima, la vecina a la que había hecho el favor de traerla, cualquier persona menos su esposa, cualquier persona menos su hijo. Su maestro la miró sorprendido e inmediatamente esbozó una refulgente sonrisa. - Julieta! Qué sorpresa. Pasó algo?- ella intentó responder pero nada salió de sus labios- Estás bien? - Preguntó el maestro preocupado.
- Quién es la nena Marcos?- La voz de la mujer, aunque amable, llenó de ira la razón de Julieta.
- NO SOY UNA NENA- Gritó a viva voz mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. - Cobarde- bramó con voz ronca, y se fué corriendo sin mirar atrás. Corrió las 20 cuadras que la separaban de su casa y subió los tres pisos sin aire y con el corazón seco de llanto. Cuando su madre llegó la encontró acostada a oscuras en su cuarto. Volaba de fiebre y tenía los ojos hinchados. El médico le diagnosticó una gripe severa y pasó en cama la última semana de clases. Su maestro llamó preocupado varias veces, todas a las cuales se negó a atenderlo argumentando difonías, dolores de cabeza o haciendose la dormida. Al terminar el verano empezó la secundaria. El primer día de clases indagó durante 25 minutos a la secretaria para serciorarse de que todos los profesores fueran viejos aburridos. Antes de entrar a clase se tocó el corazón y suspiró aliviada. De espalda a la mirada de la clase, una señora rechoncha escribía su nombre en el pizarrón.
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21 de noviembre de 2011
12 de octubre de 2011
23 de septiembre de 2011
Una noche de luna
La tenue luz rodeándolo todo.
El gusto dulce del trago amargo.
Los dedos dibujando una sonrisa.
La cola del diablo enredandose en mi cintura.
Este cuento lo conozco, y me gustaba tanto.
En el fondo del alma sonaban los "Beatles".
El gusto dulce del trago amargo.
Los dedos dibujando una sonrisa.
La cola del diablo enredandose en mi cintura.
Este cuento lo conozco, y me gustaba tanto.
En el fondo del alma sonaban los "Beatles".
16 de septiembre de 2011
Alguna vez voy a ser libre...
Me obligan a escribirte, yo no sé si quiero.
Pero las horas eternas y largas me miran exigentes.
Tu cara dibujada en las paredes y las hojas y hojas que dediqué.
No sé si quiero escribirte. Si quiero revivirte sin primero matarte.
Tu nombre. Tu cuerpo. Tu infinidad en mi interminable fantasía.
Se muere tu nombre en mi boca como si te hubiera inventado.
Despúes de todo, ya no sé si alguna vez exististe.
Me obligan a escribirte.
Tan lejos que ya no puedo verte.
Pero las horas eternas y largas me miran exigentes.
Tu cara dibujada en las paredes y las hojas y hojas que dediqué.
No sé si quiero escribirte. Si quiero revivirte sin primero matarte.
Tu nombre. Tu cuerpo. Tu infinidad en mi interminable fantasía.
Se muere tu nombre en mi boca como si te hubiera inventado.
Despúes de todo, ya no sé si alguna vez exististe.
Me obligan a escribirte.
Tan lejos que ya no puedo verte.
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De Amores y Des Amores,
Una vez me contaron
31 de agosto de 2011
El Malentendido
Ramiro viajaba en el 15 a las seis de la tarde. Colectivo que se iba vaciando parada tras parada a medida que iba pasando las avenidas, cosa que no sucede hasta que agarra Scalabrini Ortiz. Venía agarrado al caño del colectivo tarareando mentalmente un tema que había escuchado en la casa de Tano y lo vió. Un hombre que podría ser el tío Alberto lo miraba fijo en la parte delantera del colectivo separada por un escalón. Entre él y el hombre se interponían tres personas, una de ellas era una rubia que tenía buenas tetas. Se quedó dos segundos sosteniendo la mirada del sujeto que iba y venía entre su cara y ¿su bulto? Le estaba mirando el bulto. Qué le pasa a este pelotudo? Pensó. Y ya el tema se le había perdido y la rubia seguía parada en la puerta justo al lado del tipo que intentaba hacerle una seña mientras seguía repartiendo la mirada entre su cara y su bulto. Porque ahora estaba seguro que le miraba el bulto. Tres paradas más adelante el hombre se acercó a la puerta y tocó el timbre. Mientras el chofer abría la puerta lo miró y al llegar a la parada bajó del colectivo. Ramiro bajó sin pensarlo detrás de él. Lo corrió dos pasos y lo dió vuelta tomandolo del hombro al tiempo que le encestaba un derechazo en el tabique. El tipo gritó algo que no pudo entender y se tomó la naris que sangraba a borbotones. Ramiró salió disparado y corrió como un delicuente hasta que los pulmones no le dieron más. Eso fueron cuatro cuadras. Cuando llegó a la esquina, intentando calmarse empezó a tantatearse los bolsillos en busca de los cigarrillos cuando se dió cuenta al mirarse de lo que el tipo había gritado: Tenés la bragueta abierta!
12 de enero de 2011
La Duda
No lo puedor decir. Nisiquiera me permito pensarlo (qué mentira). Aunque haga un esfuerzo, no puedo.
Y pasan las horas del reloj invisible de la cocina. La puerta que se abre y se cierra del vecino. El silencio arroyador de mis palabras. O será que lo digo? Un poco. Pero en voz baja, como un susurro. Quisiera gritarlo. Despeinarte. Quisiera que lo entiendas... pero no lo vas a entender. Te lo podría explicar de una vez dejando este prejuicio de lado y que estés enterado del asunto, pero si no lo entendes? Hay plan B?
Y pasan las horas del reloj invisible de la cocina. La puerta que se abre y se cierra del vecino. El silencio arroyador de mis palabras. O será que lo digo? Un poco. Pero en voz baja, como un susurro. Quisiera gritarlo. Despeinarte. Quisiera que lo entiendas... pero no lo vas a entender. Te lo podría explicar de una vez dejando este prejuicio de lado y que estés enterado del asunto, pero si no lo entendes? Hay plan B?
9 de enero de 2011
Ojalá y Esperanza son palabras redundantes
Estaba en la madrugada ya del lunes (tuve que corregirme en pensar que era domingo) cuando hojeando una revista en medio del insomnio que me causa disfrutar de mi cuarto, leí esta frase:
"Lo peor no fue la calamidad económica, sino la muy sembrada sensación de que tener esperanza era propio de ingenuos".
(mi madre diría que cite la nota pero al leer esa frase necesité escribir). No puedo explicar el asentimiento que generó en mi interior esas palabras. La esperanza parece haber perdido su sentido, como si fuese solo el nombre de una mujer del interior, o un apodo femenino para alguna rama del color verde. ¿Qué tan descolocado es pensar ahora que las cosas pueden cambiar? La ignorancia más cometida es creer que todo siempre fue igual para terminar aceptando que todo sigue su curso natural. Y lo sigue, pero es el del desinterés. Esa pose cómoda del ser humano para justificar sus males, para ignorar en su memoria histórica como ser de que alguno vez fue distinto, que alguien (y fueron muchos) hicieron lo (im)posible para torcer el curso de la historia, y creemos que el presente de nuestras vidas es lo que nos toca sintiéndolo como algo heredado y sin poder de molificación. Pero es mentira (pertenezco a un sub grupo humano de los tantos que existe, y pienso otra cosa), TODOS podemos hacer algo, desde la simple actitud, desde el diálogo cotidiano con un amigo, con un desconocido, podemos sembrar otra idea, parar la estupidez de pensar que la solución no está en nuestras manos y por tanto echarle a otro la culpa. Hay esperanza. Se siente en el aire pero está tapado con el enceguesimiento de la propia salvación no permitiendo que seamos partícipes de lo que queremos, de lo que deseamos para nuestras vidas y para los que alguna vez habitarán como nosotros la aventura de vivir. La fecha de caducidad del ser humano nos vuelve egoístas, nos hace pensar que es un "sacrificio" cambiar el mundo si no lo vamos a disfrutar. Si la esperanza es de ingenuos, pues me quedo de ingenua porque su antónimo es "malicioso". Ironías de la vida.
Ojalá seamos muchos los ingenuos.
"Lo peor no fue la calamidad económica, sino la muy sembrada sensación de que tener esperanza era propio de ingenuos".
(mi madre diría que cite la nota pero al leer esa frase necesité escribir). No puedo explicar el asentimiento que generó en mi interior esas palabras. La esperanza parece haber perdido su sentido, como si fuese solo el nombre de una mujer del interior, o un apodo femenino para alguna rama del color verde. ¿Qué tan descolocado es pensar ahora que las cosas pueden cambiar? La ignorancia más cometida es creer que todo siempre fue igual para terminar aceptando que todo sigue su curso natural. Y lo sigue, pero es el del desinterés. Esa pose cómoda del ser humano para justificar sus males, para ignorar en su memoria histórica como ser de que alguno vez fue distinto, que alguien (y fueron muchos) hicieron lo (im)posible para torcer el curso de la historia, y creemos que el presente de nuestras vidas es lo que nos toca sintiéndolo como algo heredado y sin poder de molificación. Pero es mentira (pertenezco a un sub grupo humano de los tantos que existe, y pienso otra cosa), TODOS podemos hacer algo, desde la simple actitud, desde el diálogo cotidiano con un amigo, con un desconocido, podemos sembrar otra idea, parar la estupidez de pensar que la solución no está en nuestras manos y por tanto echarle a otro la culpa. Hay esperanza. Se siente en el aire pero está tapado con el enceguesimiento de la propia salvación no permitiendo que seamos partícipes de lo que queremos, de lo que deseamos para nuestras vidas y para los que alguna vez habitarán como nosotros la aventura de vivir. La fecha de caducidad del ser humano nos vuelve egoístas, nos hace pensar que es un "sacrificio" cambiar el mundo si no lo vamos a disfrutar. Si la esperanza es de ingenuos, pues me quedo de ingenua porque su antónimo es "malicioso". Ironías de la vida.
Ojalá seamos muchos los ingenuos.
20 de octubre de 2010
Deja Vú
Y si le digo que no? Si recorro apenas la comisura de sus labios con la punta de los dedos. Si desabrocho un botón y otro botón. Si le muerdo como un cachorro despacito la barbilla. Si huelo su piel hasta sentirla estremecer en la nariz. Si enredo mis dedos completos en su pelo y cierro los puños para poder sentirlo en los huecos entre dedo y dedo. Si mi lengua recorre el lóbulo de la oreja, el cuello, el inicio de los hombros. Si mis manos aprietan la cintura, agarran como una garra la finalización de la espalda.
Después de eso,le puedo decir que no?
Ella seguía mirándolo.
-Vamos a casa. - La escuchó susurrar.
No la miró. Se levantó, tomó la campera y salió por la puerta del bar.
Otra vez no. Dijo mientras se ponía la campera.
El frío le dio directo en la cara.
Después de eso,le puedo decir que no?
Ella seguía mirándolo.
-Vamos a casa. - La escuchó susurrar.
No la miró. Se levantó, tomó la campera y salió por la puerta del bar.
Otra vez no. Dijo mientras se ponía la campera.
El frío le dio directo en la cara.
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VivaVida
19 de mayo de 2010
Maestros
Un viento surgió furioso, un vendaval, un remolino moviendose sin pausa. En algún lugar una llama se creó de un rayo que anticipaba una tormenta. El viento expandió la llama sobre la tierra y el fuego inició su danza. Las pasturas quedaron negras, no agonizaban, solo despedían las malezas viejas y gastadas de la tierra. La lluvia llegó al fin como agua fresca, como un alivio de sed y fuerza. Desde lejos las esporas de flores enormes flotaban en el aire sacudidas aquí y allá hasta caer rendidas en la húmeda negrura de la tierra. El astro Rey lo iluminó todo, su calor abrasivo se expandió de lleno sobre los campos. Las flores crecieron en el verde intenso con que se vistió la tierra que agradeció el calor del fuego, que beneró la paz del agua, que dejó llevar su mensaje por el viento donde en otro lugar, la vida renacía, otra vez.
14 de mayo de 2010
Muchas golosinas antes de dormir
Me acerqué a la ventana y ví la gente en la playa. Unos chicos pequeños jugaban en la arena, otros, metidos en el mar,chapoteaban y salpicaban agua dando saltos y gritos.Una típica escena de verano. Las señoras poniéndose bronceador, el hombre con los brazos en jarra remojando los pies en la orilla, el olor de la brisa salada llenando mis pulmones. Sonreí, el sol me iluminaba la cara y calentaba mis mejillas.
Giré la cabeza hacia el otro lado, todavía sonriente, placentera de esa imagen que uno disfruta cuando no hay tiempo, cuando no hay otra preocupación más que el sol sea generoso y se quede hasta tarde. No encontré el paisaje que esperaba, no había gente cargada con sombrillas y biandas para pasar el día, no había nenes compitiendo por ver quién llega primero al agua, ni el heladero comenzando su jornada, opacando toda situación posible, desde atrás del edificio más alto, allá a lo lejos, el terror se materializó en una enorme, gigante, imponente ola. Miré dos veces,era imposible, era absolutamente improbable. No estaba en una película, no era la protagonista del último film de tragedias naturales anticipando el fin del mundo. Eso, no podía ser real. Miré de nuevo la playa, el agua serena, la gente siguiendo sus rutinas de diversión. ¿De dónde venía esa ola? ¿Cuántos kilometros había recorrido? ¿Con cuánta vida había arrazado? La piel se heló. La sangre. El corazón detenido. Los chicos, susurré. Giré sobre mis talones con la imagen de esa magnífica masa de agua turqueza y espumosa que iba a acabar con todo. Mientras bajaba los dos pisos que me separaban de la planta baja a tropezones intentaba dilucidar cómo nos salvaríamos de tal catástrofe. Llegué finalmente a la puerta de entrada del edifició en lo que me pareció una eternidad. Salí con los brazos en alto, sacudiendo las manos, corriendo hacia la escena pacífica de un momento atrás. No escuché mis gritos, no vi la gente correr ni desesperarse.Un poste de lo que alguna vez fué un muelle, llevaba atado una soga, una larga soga. La ola venía, no tenía tiempo. No iba a tener tiempo. Empecé a desenredarla del poste percurdido por años de agua. Necesitaba atarmelo en la cintura, si la ola venía podría flotar hasta la superficie. El miedo entumecía mis dedos y no podía pensar con claridad. Necesito más soga. Desaté nuevamente el nudo en mi cintura con tal rapidéz y violencia que me sangraron la yema de los dedos. Tengo que flotar o me ahogo,tengo que flotar. Tienen que atarse, grité. Lo grité muchas veces, con desesperación. Más cerca, un edifico se hacía escombros producto del choque de la ola furiosa. No va a aguantar. Se va a cortar la soga. Me voy a ahogar. Me agarré al poste con todas mis fuerzas, apreté los ojos y rogué que la soga fuese lo suficientemente larga, que el poste estuviese lo suficientemente clavado, que tuviese la suficiente fuerza. Luego, sielencio. Nada.
Abrí los ojos con temor y sin poder salir de mi asombro ví como el agua cristalina se escurría por mis pies medio enterrados en la arena. Estaba fría, como el agua del mar. Me quedé mirando hacia donde momentos atrás,se aproximaba mi muerte, sin entender, con la soga atada a la cintura y las risas de los chicos chapoteando en la orilla.
Giré la cabeza hacia el otro lado, todavía sonriente, placentera de esa imagen que uno disfruta cuando no hay tiempo, cuando no hay otra preocupación más que el sol sea generoso y se quede hasta tarde. No encontré el paisaje que esperaba, no había gente cargada con sombrillas y biandas para pasar el día, no había nenes compitiendo por ver quién llega primero al agua, ni el heladero comenzando su jornada, opacando toda situación posible, desde atrás del edificio más alto, allá a lo lejos, el terror se materializó en una enorme, gigante, imponente ola. Miré dos veces,era imposible, era absolutamente improbable. No estaba en una película, no era la protagonista del último film de tragedias naturales anticipando el fin del mundo. Eso, no podía ser real. Miré de nuevo la playa, el agua serena, la gente siguiendo sus rutinas de diversión. ¿De dónde venía esa ola? ¿Cuántos kilometros había recorrido? ¿Con cuánta vida había arrazado? La piel se heló. La sangre. El corazón detenido. Los chicos, susurré. Giré sobre mis talones con la imagen de esa magnífica masa de agua turqueza y espumosa que iba a acabar con todo. Mientras bajaba los dos pisos que me separaban de la planta baja a tropezones intentaba dilucidar cómo nos salvaríamos de tal catástrofe. Llegué finalmente a la puerta de entrada del edifició en lo que me pareció una eternidad. Salí con los brazos en alto, sacudiendo las manos, corriendo hacia la escena pacífica de un momento atrás. No escuché mis gritos, no vi la gente correr ni desesperarse.Un poste de lo que alguna vez fué un muelle, llevaba atado una soga, una larga soga. La ola venía, no tenía tiempo. No iba a tener tiempo. Empecé a desenredarla del poste percurdido por años de agua. Necesitaba atarmelo en la cintura, si la ola venía podría flotar hasta la superficie. El miedo entumecía mis dedos y no podía pensar con claridad. Necesito más soga. Desaté nuevamente el nudo en mi cintura con tal rapidéz y violencia que me sangraron la yema de los dedos. Tengo que flotar o me ahogo,tengo que flotar. Tienen que atarse, grité. Lo grité muchas veces, con desesperación. Más cerca, un edifico se hacía escombros producto del choque de la ola furiosa. No va a aguantar. Se va a cortar la soga. Me voy a ahogar. Me agarré al poste con todas mis fuerzas, apreté los ojos y rogué que la soga fuese lo suficientemente larga, que el poste estuviese lo suficientemente clavado, que tuviese la suficiente fuerza. Luego, sielencio. Nada.
Abrí los ojos con temor y sin poder salir de mi asombro ví como el agua cristalina se escurría por mis pies medio enterrados en la arena. Estaba fría, como el agua del mar. Me quedé mirando hacia donde momentos atrás,se aproximaba mi muerte, sin entender, con la soga atada a la cintura y las risas de los chicos chapoteando en la orilla.
11 de abril de 2010
24 de Marzo - Escrito por mi mamá en su blog " La brisa de la vida"
El pasado 12 de marzo al fin, la impotente pena logró matar a Juan.
A ella, no. La vida la despedaza pero no consigue morirla. Aunque ya no importa.
Se ha puesto aquel vestido floreado de hace treinta y dos años y, con un poco de arte, ha soltado el rodete y recortado su cabello casi como en aquel tiempo. Casi.
Espía el sol y el reloj. Ya casi es la hora.
Piensa un momento si lleva todo lo que necesita. Revisa su cartera: sí, está todo. El pañuelo no, hoy va sin pañuelo.
Antes de salir, se mira al espejo y sonríe. Hoy es, de verdad, una vieja loca.
En la plaza camina con la agilidad de entonces. Sabe cuál es su cometido y ha tomado todos los recaudos para lograrlo.
Pronto lo divisa cerca de "ella" y del escenario. Va hacia él y lo mira tranquila, segura de que detrás de aquellos anteojos oscuros está "esa" mirada. Por un momento, se sorprende de haber llegado tan cerca.
Cuando él ha comenzado a reconocerla, ella lo mata con un atinado tiro que impacta casi cinco centímetros a la izquierda, un poco mas abajo, del tercer botón de su camisa que siempre es negra.
Se da vuelta, y comienza a caminar con una sonrisa.
Lo ha hecho por su amiga, para disiparle esa bruma que se va formando en su memoria.
Siente una gran paz, mientras vuelve a guardar en su cartera la pistola de su Ernesto, que ella escondió en su bombacha aquella noche, sin que sirviera de nada.
A ella, no. La vida la despedaza pero no consigue morirla. Aunque ya no importa.
Se ha puesto aquel vestido floreado de hace treinta y dos años y, con un poco de arte, ha soltado el rodete y recortado su cabello casi como en aquel tiempo. Casi.
Espía el sol y el reloj. Ya casi es la hora.
Piensa un momento si lleva todo lo que necesita. Revisa su cartera: sí, está todo. El pañuelo no, hoy va sin pañuelo.
Antes de salir, se mira al espejo y sonríe. Hoy es, de verdad, una vieja loca.
En la plaza camina con la agilidad de entonces. Sabe cuál es su cometido y ha tomado todos los recaudos para lograrlo.
Pronto lo divisa cerca de "ella" y del escenario. Va hacia él y lo mira tranquila, segura de que detrás de aquellos anteojos oscuros está "esa" mirada. Por un momento, se sorprende de haber llegado tan cerca.
Cuando él ha comenzado a reconocerla, ella lo mata con un atinado tiro que impacta casi cinco centímetros a la izquierda, un poco mas abajo, del tercer botón de su camisa que siempre es negra.
Se da vuelta, y comienza a caminar con una sonrisa.
Lo ha hecho por su amiga, para disiparle esa bruma que se va formando en su memoria.
Siente una gran paz, mientras vuelve a guardar en su cartera la pistola de su Ernesto, que ella escondió en su bombacha aquella noche, sin que sirviera de nada.
1 de abril de 2010
Arrolladito primavera
Había un chino. Uno flaco y desagradable con cara de pedófilo. Estaba esperando a alguien, miraba continuamente su reloj. Fumaba dando largas pitadas a su cigarrillo, no porque estuviera nervioso, se notaba que era por costumbre. De pronto el ringtong estalló en su aparato y sin siquiera sacarlo del estuche que cómodamente colgaba de su cinturón, salió corriendo atropellándose gente. Yo me quedé en mi lugar con la espina de la duda que era aún más desagradable que su presencia.
29 de marzo de 2010
El innombrable.
No, no, no. No quiero. Me niego a saberlo. Me rehúso a pensarlo, a sentirlo real entre mis pies, a caminarlo sin pausa hasta el vacío, me niego. No me importa si es el primero, si alguien dijo que es el mejor, a nadie le gusta al fin al cabo y con esa facilidad de arruinarlo todo, quién lo quiere? No!dije, porqué no me prestan atención? Si lo tengo que gritar, lo grito. Y encima aparece avisando, se anuncia como un señor en la entrada, que no estoy! Qué no quiero verlo ni sentirlo ni acurrucarme en su espesor. No importa si es rápida e indolora su luz, solo hoy no lo quiero, hoy quisiera que pasara de largo, que no me viera, que no le importara si me paro o sigo soñando, quisiera que no me empujara, que no me llenara de cotidianidad las horas, que simplemente pasara como si nada, que me ignore, que me importa, quedan otros, pero a él, hoy no lo quiero. No quiero sus malas noticias ni sus pesares, no quiero "un día más en el calendario" bastante hay con el resto, que venga en otro momento, que se cambie el nombre y yo lo acepto. Que se transforme en tributo, en festejo. Así sí, así cualquiera es bueno y él es mejor, pero hoy me niego. Me niego a que otra vez venga campante como si nada. Maldito seas lunes! Y me levanto de la cama.
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Inconcluso,
Una vez me contaron
25 de marzo de 2010
El cielo no debe esperar
Cuando la vió sintió el calor subir por la nuca.El aire en sus pulmones había desaparecido como todo lo demás.
Su perfume penetró en su cerebro tintineando en su corazón hasta transformarse en un galope infrenable. La urgencia le cosquilleaba en las manos, y solo tocarla, solo rodearle la cintura hicieron que se durmieran la punta de los dedos.
Recorriò su boca con la sed del deseo y sintió el movimiento de su garganta bajo su palma. Pudo sentir su respiración agitada colmando sus oídos y sintió como un presagio la cálida humedad de la lengua en el lóbulo derecho. Su memoria borrò todo rastro y solo pudo reconocer la realidad en la redondés de sus pechos contra su torso. El pelo caía por entre sus dedos como arena de seda. Su boca recorrió la tercedad del cuello que se abría como una ofrenda. La abrazó mientras apretaba sus labios a la carnocidad de fresa de los de ella. Quería arrancarle la ropa, hacer girones la tela que separaba sus pieles, la quería ver desnuda como una Venus, quería ser su Adonis, su carne, su bebida. Quería meterse dentro de ella, meterla a ella en el hueco que dejaba en su cuerpo la falta de aire. La ropa le pesaba, le pesaba cada vez que dejaba de tocarla hasta que sintió que eran todo. Respiró apenas lejos de su boca, separó un poco su rostro para mirarla. Estaba sonriendo como quien se acuerda de alguna travesura. Acercó su boca hasta rozar sus labios y susurró: Acá estabas. Y la volvió a besar con desesperación.
Su perfume penetró en su cerebro tintineando en su corazón hasta transformarse en un galope infrenable. La urgencia le cosquilleaba en las manos, y solo tocarla, solo rodearle la cintura hicieron que se durmieran la punta de los dedos.
Recorriò su boca con la sed del deseo y sintió el movimiento de su garganta bajo su palma. Pudo sentir su respiración agitada colmando sus oídos y sintió como un presagio la cálida humedad de la lengua en el lóbulo derecho. Su memoria borrò todo rastro y solo pudo reconocer la realidad en la redondés de sus pechos contra su torso. El pelo caía por entre sus dedos como arena de seda. Su boca recorrió la tercedad del cuello que se abría como una ofrenda. La abrazó mientras apretaba sus labios a la carnocidad de fresa de los de ella. Quería arrancarle la ropa, hacer girones la tela que separaba sus pieles, la quería ver desnuda como una Venus, quería ser su Adonis, su carne, su bebida. Quería meterse dentro de ella, meterla a ella en el hueco que dejaba en su cuerpo la falta de aire. La ropa le pesaba, le pesaba cada vez que dejaba de tocarla hasta que sintió que eran todo. Respiró apenas lejos de su boca, separó un poco su rostro para mirarla. Estaba sonriendo como quien se acuerda de alguna travesura. Acercó su boca hasta rozar sus labios y susurró: Acá estabas. Y la volvió a besar con desesperación.
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13 de marzo de 2010
La Batalla de las Lágrimas
Una lágrima se desliza despacio. Recorre mi mejilla hasta acumularse en mi boca y el sabor, tan conocido, es casi una explosión. Otra más quiere salir con tanto apuro, como si hubiese estado esperando su turno y salta directo hacia mi mano. Su sabor es igual a la anterior, solo que su vida fué más corta y su ímpetu no llegó a la caricia. Fué casi un suicidio. Hay más. Ejercitos de agua salada me invaden los ojos, el alma. Presurosas de cumplir con su misión se tiran como desde un avión en moviemiento,las más recatadas al menos proporcionan una humedad cálidad hasta romper en mis labios. Se entrenarán? Serán diferente las lágrimas de amor que las de tristeza? Sabrán más saladas las del enojo que las de la risa? Fuego a discreción. En momentos, solo quedará el destello brillante de su paso limpiado por el dorso de mi mano y toda su cristalidad desaparecerá dejando la marca en el corazón de aquellas que nacieron para hundirse en mi boca, lágrimas de alivio, tristeza o desesperación. Esas quedan para siempre en la memoria,llenas de sal.
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