Decidió poner de nuevo todas las cosas dentro de la caja, lloraba intensamente y a veces no podía ver por el torrente de lágrimas. Mientras las iba colocando en un orden que le pareció propicio (como venga), releyó todo lo que decían. Algunas cosas la hicieron reír, otras le arrugaron la ropa del recuerdo y cuando ya estaba suspirando, volvió a llorar. Había pasado ya tanto tiempo. Era dificil volver a pertenecerse otra vez, no encontrar otro reflejo en el espejo, otra taza en la pileta. El placard pulcro y ordenado que no vería jamás. Se esfumaron entonces los desayunos, las peleas domésticas, los hijos que no llevarían sus ojos, ni la nariz repingada ni las pestañas al cielo. Sentía la humedad salada bajar hasta su boca. La distrajo el sonido exterior. Las manos estaban ásperas y sucias de polvo. Tenía las mejillas manchadas de tierra oscura y gris que marcó el dorso de la mano cuando se secó las lágrimas. Ya todo estaba guardado, igual que un poco de corazón que había quedado remendado a las fotos, a un pasado tan inminente como necesario. Era una caja demasiado chica, le pareció injusto su tamaño frente a lo que había sido inmensamente grande.
La casa estaba en absoluto silencio, salvo por el sonido recurrente de su nariz soltando mocos en el sin fin de bollos de papel cubriendo el piso.
Se quedó mirando a su alrededor y sintió que no había cajas suficientemente grandes para guardar la vida. El silencio seguía ahí, mezclado con la penumbra de la tarde. Sin ningún esfuerzo de contensión lloro escandolasamente hasta que sintió que se le había exprimido cualquier partícula de líquido en su cuerpo. Fue hasta el baño y se miró al espejo, la imagen que le devolvió no era una delicia: estaba absolutamente despeinada, con los ojos rojos e hinchados igual que la nariz y la boca. La cara sucia del secado contínuo de las lágrimas. Estaba a punto de abrir la boca en un alarido para llorar de nuevo, pero la detuvo notar un bello revelde crecido en el párpado. Lo miró con atención acercándose al espejo y lo extrajo de un tirón con la pinza depilatoria. Se miró de nuevo: mucho mejor. Soltó una rizotada y se rió hasta que le dolió el estómago. Abrió la ducha, se baño, se vistió, se perfumó y se fue a tomar un helado con una compañia tan conocida como bienvenida: Ella misma.
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24 de noviembre de 2011
14 de octubre de 2011
Las cartas de Amor
Hoy es el cumpleaños de Mauro. Por qué me acuerdo del cumpleaños de alguién que ví una sola vez en la vida a mis 14 años? Es un misterio, pero me acuerdo. Un chico de sonrisa amable, ojos brillosos y lo más libriano que había visto a esa altura de mi vida. Nos escríbíamos cartas de amor contándonos la vida cotidiana, rememorando el momento en que nos conocimos en unas vacaciones familiares a Misiones (y les juro que lo ví solo una vez en año nuevo donde nos miramos y charlamos solo un poco). A mis 14 años yo me enamoraba del amor, igual que ahora pero menos real. Estaba enamorada del hecho de recibir cada quince días una carta escrita de su puño y letra (tenía una caligrafía hermosa de colegio técnico y dos años más que yo). Mauro soñaba con encontrarnos un día en Buenos Aires y que lo llevara a conocer Plaza de Mayo, como la canción de Sabina. Los sobres venían con estampillas de mariposas y paisajes hermosos que él compraba específicamente para enviarme sus cartas. Apenas terminaba de leerlas buscaba papel y lapicera y le respondía con felicidad todas sus preguntas contándole del colegio, de mi familia, de mis gatos. Le mandaba dibujos, poemas, canciones. Un día, despúes de 15 cartas, Mauro me escribió que en un mes existía la posibilidad de que viniera a Buenos Aires. No la respondí. La posibilidad de que se materializara en mi puerta me dió pánico y luego de una segunda carta muy preocupado por mi falta de respuesta, le escribí que la vida tenía vueltas inexplicables, que otra persona había ganado mi corazón y mis pensamientos, que no quería lastimarlo ilusionándolo con un amor imposible y distanciado. Nunca más recibí una carta suya y ya nunca llegó correo a mi nombre por debajo de la puerta. Todas sus cartas están guardadas en un gran sobre papel madera para que me acuerde de ellas un día como hoy.
Después llegó el mail y se terminó la magia.
Después llegó el mail y se terminó la magia.
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De Amores y Des Amores,
VivaVida
16 de septiembre de 2011
Alguna vez voy a ser libre...
Me obligan a escribirte, yo no sé si quiero.
Pero las horas eternas y largas me miran exigentes.
Tu cara dibujada en las paredes y las hojas y hojas que dediqué.
No sé si quiero escribirte. Si quiero revivirte sin primero matarte.
Tu nombre. Tu cuerpo. Tu infinidad en mi interminable fantasía.
Se muere tu nombre en mi boca como si te hubiera inventado.
Despúes de todo, ya no sé si alguna vez exististe.
Me obligan a escribirte.
Tan lejos que ya no puedo verte.
Pero las horas eternas y largas me miran exigentes.
Tu cara dibujada en las paredes y las hojas y hojas que dediqué.
No sé si quiero escribirte. Si quiero revivirte sin primero matarte.
Tu nombre. Tu cuerpo. Tu infinidad en mi interminable fantasía.
Se muere tu nombre en mi boca como si te hubiera inventado.
Despúes de todo, ya no sé si alguna vez exististe.
Me obligan a escribirte.
Tan lejos que ya no puedo verte.
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De Amores y Des Amores,
Una vez me contaron
31 de agosto de 2011
La espera
Miró el reloj nuevamente. Esa sería la quinta vez en quince minutos. Ojala pudiera fumar, pensó. Solo uno para amortiguar la espera y así dejaría de comerse su cerebro la ansiedad. Un minuto, dos minutos, tres minutos. Sexta vez en mirar el reloj. Se levantó y salió dando zancadas de la casa. No cerró la puerta con llave. Paró un taxi en la puerta. Que milagro dijo apenas audible. Nunca encontraba un taxi tan rápido. Eso era una buena señal. Llegaba media hora antes. Media hora! Hubiese escuchado algunos temas más, se reprochó. Igual no los escuchaba. Solo el reloj. Unicamente el reloj para no pensar en nada. El reflejo en el espejo retrovisor le delvolvía un peinado "impecable" pensó. Dios. No iba a llegar nunca. Estar en el lugar ya acercaba más el momento. Por qué había elegido un lugar tan lejos de su casa? Quince cuadras más. Se bajaba en la puerta? No. Demasiado ansioso. Se bajaba ahora y caminaba. Tenía tiempo. Que le iba a decir? Le sudaban las manos.Pagó el taxi. Fuera del aire acondicionado del vehículo hacía un calor infernal. Cuántas cuadras tendría que caminar?Llegaría todo transpirado. Resoplando puso sus piernas a andar. Calculando llegaría cinco minutos antes. Todo un puntual caballero. Sería ella conciente del modo en que deseaba su aroma? Cómo resisitirse a esas pequeñas manos, a la sonrisa encendida, a la forma en que expresaba vehemente todas sus opiniones?
Cuando llegó, mas rapido de lo que había supuesto, ella ya estaba ahi. Miraba distraída la gente entrar al restorant donde esperaba al costado de la puerta. Lucía hermosa. Por alguna razón, corrió los ultimos metros que la separaban de ella. En ese momento ella giró la cabeza hacia donde el venía al trote y le sonrió. Ese gesto, ese simple gesto de que se alegrara de verlo fue suficiente. Frenó a centímetros de su naris y tomandola por los codos la atrajo hacía él y la beso. La besó suave pero firme. La besó con el tiempo que llevaba sobre sus espaldas el hecho de gustarle tanto. Aspiró su aroma profundamente. Ella no se movía, apenas en puntas de pie su rigidéz empezó a relajarse hasta que finalmente el cedió la fuerza de sus brazos y la miró. Tenía la respiración agitada y el corazón al galope.
Cuando llegó, mas rapido de lo que había supuesto, ella ya estaba ahi. Miraba distraída la gente entrar al restorant donde esperaba al costado de la puerta. Lucía hermosa. Por alguna razón, corrió los ultimos metros que la separaban de ella. En ese momento ella giró la cabeza hacia donde el venía al trote y le sonrió. Ese gesto, ese simple gesto de que se alegrara de verlo fue suficiente. Frenó a centímetros de su naris y tomandola por los codos la atrajo hacía él y la beso. La besó suave pero firme. La besó con el tiempo que llevaba sobre sus espaldas el hecho de gustarle tanto. Aspiró su aroma profundamente. Ella no se movía, apenas en puntas de pie su rigidéz empezó a relajarse hasta que finalmente el cedió la fuerza de sus brazos y la miró. Tenía la respiración agitada y el corazón al galope.
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Rotativas
29 de agosto de 2011
Desnuda el alma y el cuerpo
Hubiese querido, quizás, que no fuera cierto, quizás la misma discusión de siempre. El reclamo escapando por sus labios, las manos en puño de impotencia. Hubiese querido alguna mañana de desayuno tarde en el balcón, la llegada de los chicos. Su mirada de reproche ante el tejido de sueños imposibles y ese señor que no crece. Hubiese querido, quizás, que pudiera perdonarlo, que no bastara para arrancarlo de su pecho, para deshacerse del olor de su piel, del jugo de naranjas con frutillas, los dedos de miel. La mirada al tiempo que pasa sin pasar, detenido en la risa hueca del respiro. Hubiese querido, hace tanto... Quizás, pero ya no.
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VivaVida
15 de agosto de 2011
Solo eso te quería decir...
Que soñé que viajabamos. Que ví tu cara en algún lugar. Algunos pájaros que quisimos liberar juntos. Tu risa a carcajadas derramada en las sabanas destendidas. La palabra que faltó sentir. El sentir que nunca encontré. El movimiento de tus manos aladas. La tierra que mis pies recorren para no encontrarte. Los pensamientos a tu mente. El llamado a la casualidad sin causa. Que nos fuimos pero siempre seremos. Que no me olvido.
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De Amores y Des Amores,
Inconcluso
26 de julio de 2011
17 de febrero de 2011
No encuentro el título
No entro en una sola entrada. Y ahora recién lo entiendo.
La copa vacía me mira y ya no puedo llenarla.
No es literal, no crean.
Tengo el cuerpo tan vacío por momentos. Y el cenicero se llena de cigarrillos.
No tanto, no crean.
Creo en mí? No quiero aprender otra vez del error y quizás lo necesite.
No puedo esperar, y quizás lo necesite.
Eso sí, creanmé.
La copa vacía me mira y ya no puedo llenarla.
No es literal, no crean.
Tengo el cuerpo tan vacío por momentos. Y el cenicero se llena de cigarrillos.
No tanto, no crean.
Creo en mí? No quiero aprender otra vez del error y quizás lo necesite.
No puedo esperar, y quizás lo necesite.
Eso sí, creanmé.
20 de enero de 2011
La más enamorada
Ella, la más enamorada, mide con los dedos el diámetro del inflable gigante de la palabra amor. Lo roza despacio con las yemas de los dedos y piensa si en verdad se ve así. Cuenta la cantidad de letras y es correcta. Mide los pulsos de su corazón con la respiración acelerada del inflable, que huele a caramelo. Que sabe agridulce del pasado y de los miedos, pero sabe más dulce.
Desinfla la palabra, quiere verdad y razón. Y que huela a su perfume y tenga el gusto de sus mañanas.
La más enamorada, ella, que espera a los principes en la puerta para no perder tiempo en que suban a rescatarla, tiene cautela. Reconoce las cicatrices ahora perfumadas, pero quiere oler, quiere sentir, quiere ser libre para poder llenar la palabra de las cosas que la hacen feliz, del descubriemiento y la sorpresa de su reconocimiento en otro, en otro que puede ser o no. Y ella sueña sus promesas y rememora el aroma de su piel y el anelo de tenerlo cuando quiera, cuando ya no haya miedos y pueda hacer una pirueta como un esquilibrista que aún sin temor, sabe que está la red. Un deseo a la luna, y un presagio al sol.
Se mira al espejo: Ay, ella... la más enamorada.
Desinfla la palabra, quiere verdad y razón. Y que huela a su perfume y tenga el gusto de sus mañanas.
La más enamorada, ella, que espera a los principes en la puerta para no perder tiempo en que suban a rescatarla, tiene cautela. Reconoce las cicatrices ahora perfumadas, pero quiere oler, quiere sentir, quiere ser libre para poder llenar la palabra de las cosas que la hacen feliz, del descubriemiento y la sorpresa de su reconocimiento en otro, en otro que puede ser o no. Y ella sueña sus promesas y rememora el aroma de su piel y el anelo de tenerlo cuando quiera, cuando ya no haya miedos y pueda hacer una pirueta como un esquilibrista que aún sin temor, sabe que está la red. Un deseo a la luna, y un presagio al sol.
Se mira al espejo: Ay, ella... la más enamorada.
12 de enero de 2011
Código Morse
Entró como siempre a paso presuroso. Ella miraba al frente. El saludó a todos y finalmente a ella. Apenas un roce en la mejilla y volvió a su lugar. Ella le preguntó a un compañero sobre el último informe. Lo miró. El no dijo nada. Hizo un chiste a otro compañero mientras pasaba por detrás de la silla de ella. El le ofreció un caramelo que ella tomo de su mano y lo dejó en el escritorio. Le hizo un comentario gracioso al compañero del informe que se rió a carcajadas. El no la miró. Pasó de nuevo por detrás de su silla y comentó el mal tiempo que asomaba por la ventana. Ella se levantó y apoyó una mano en el ventanal. El miraba al frente. Va a llover toda la tarde dijo. El compañero del informe protestó sobre esa sentencia. Ella se alejó de la ventana y fue a hablar con el compañero que se encontraba al lado de él. Se rieron. El compañero le preguntó algo a él sobre otro compañero, pero ella respondió. Su compañero bromeó sobre su manía de meterse en todo. El la miró. Ella miraba al compañero. A la salida bajaron todos juntos la escalera de madera. Ella iba conversando con el chico del informe, él bromeando con el otro compañero. En la esquina se despidieron. Ella fue a la parada del colectivo. El pasó por el kiosco. Solo esperó el colectivo unos minutos. Al subir se sentó en un asiento doble del lado de la ventana. Había empezado a llover. Dos paradas después él subió al mismo colectivo. Puso las monedas, agarró el boleto y se dirigió a un asiento doble del lado del pasillo. Ella miraba al frente. El se sentó junto a ella. Ella lo miró, el le sonrió y le tomo la mano que reposaba en su regazo. El la miró, ella sonrió. El paisaje pasaba como una película por la ventana. Iba a hacer una tormenta hermosa.
25 de noviembre de 2010
La Soledad - A pedido de Jimena Reichel
Ayer estaba sentada en el sillón de mi casa. No estaba sentada en el mullido sillón de dos cuerpos que ocupa la mayor parte del living. Apenas apoyada en el asiento, agarrada a los apoyabrazos como a punto de caer, pensé en aquello. Lo busqué en mi mente con significados repetidos. Referencias lógicas... La soledad no es otra cosa, según el diccionario, que la carencia de compañía. Y ahí me encontraba yo, sola. Una definición poco exacta de mi vida, si me permiten, porque aún rodeada de gente, sigo sintiéndome sentada en ese mismo sillón. Y entonces, la definición buscada para dar significado a este vacío pierde cualquier tipo de valor, es inverosímil. Porque qué sabe el dicionario de soledades? Qué sabe de camas vacías, de risas ausentes, de caricias con amor? Nada. No sabe nada. Acaso ustedes saben? Pueden expresar con palabras la voluntad que toma mi ser todos los días frente al espejo? Acaso ven ustedes su rostro reflejado como el mío con la vida a sus espaldas?
Mi vecina se llama Soledad. Pobre, pienso, llevar sobre su nombre toda esa carga. Se sentará ella también en su sillón a contemplar absorta el silencio de la casa? Quizás en la cocina mientras se bate el café, o frente al placard buscando que ponerse? Sentirá ese agujero negro en el pecho cuando se antepone el fracazo de no encontrarse en otro? Y egoístamente deseo que así sea, para no sentirme sola.
Hay quienes eligen la soledad, pero vamos, sabemos que esa es la buena, es la del respiro, la de la meditación, el acomodo, la iluminación; llamémosla de mil formas, todos sabemos que no es igual. Ojo, no quiero parecer una pobre sin remedio, ni que piensen que voy a quedarme esperando que la soledad me devore, pero... y si sí?. Y si no puedo escaparme de ese sillón? La soledad que duele es acercarse a la certeza de que puede pasar que, al descuidarse, uno se quede solo. Los días pasarán como años y perderé mi imagen en el espejo. Dejaré de buscar rendida al silencio de mi propia compañía. La soledad se ha quedado abarrotada entre las puertas, sostenida con garras en mi almohada, abrojada al deseo de otro cepillo de dientes, de otra voz que no sea la de mi propio silencio cuando me inunda una nostalgia, que no distingo de donde nace pero arrasa sin pausa mis mañanas y agoniza en las noches en la palma de mis manos, en la punta de los pies fríos buscando refugio en la misma piel a la que pertenecen. Y ojalá no dure el frío. Ojalá la lluvia no azote mi ventana dos días seguidos. Ojalá ese sillón no sea más que un mueble. Ojalá... Golpean! Será Soledad?
Mi vecina se llama Soledad. Pobre, pienso, llevar sobre su nombre toda esa carga. Se sentará ella también en su sillón a contemplar absorta el silencio de la casa? Quizás en la cocina mientras se bate el café, o frente al placard buscando que ponerse? Sentirá ese agujero negro en el pecho cuando se antepone el fracazo de no encontrarse en otro? Y egoístamente deseo que así sea, para no sentirme sola.
Hay quienes eligen la soledad, pero vamos, sabemos que esa es la buena, es la del respiro, la de la meditación, el acomodo, la iluminación; llamémosla de mil formas, todos sabemos que no es igual. Ojo, no quiero parecer una pobre sin remedio, ni que piensen que voy a quedarme esperando que la soledad me devore, pero... y si sí?. Y si no puedo escaparme de ese sillón? La soledad que duele es acercarse a la certeza de que puede pasar que, al descuidarse, uno se quede solo. Los días pasarán como años y perderé mi imagen en el espejo. Dejaré de buscar rendida al silencio de mi propia compañía. La soledad se ha quedado abarrotada entre las puertas, sostenida con garras en mi almohada, abrojada al deseo de otro cepillo de dientes, de otra voz que no sea la de mi propio silencio cuando me inunda una nostalgia, que no distingo de donde nace pero arrasa sin pausa mis mañanas y agoniza en las noches en la palma de mis manos, en la punta de los pies fríos buscando refugio en la misma piel a la que pertenecen. Y ojalá no dure el frío. Ojalá la lluvia no azote mi ventana dos días seguidos. Ojalá ese sillón no sea más que un mueble. Ojalá... Golpean! Será Soledad?
20 de octubre de 2010
Deja Vú
Y si le digo que no? Si recorro apenas la comisura de sus labios con la punta de los dedos. Si desabrocho un botón y otro botón. Si le muerdo como un cachorro despacito la barbilla. Si huelo su piel hasta sentirla estremecer en la nariz. Si enredo mis dedos completos en su pelo y cierro los puños para poder sentirlo en los huecos entre dedo y dedo. Si mi lengua recorre el lóbulo de la oreja, el cuello, el inicio de los hombros. Si mis manos aprietan la cintura, agarran como una garra la finalización de la espalda.
Después de eso,le puedo decir que no?
Ella seguía mirándolo.
-Vamos a casa. - La escuchó susurrar.
No la miró. Se levantó, tomó la campera y salió por la puerta del bar.
Otra vez no. Dijo mientras se ponía la campera.
El frío le dio directo en la cara.
Después de eso,le puedo decir que no?
Ella seguía mirándolo.
-Vamos a casa. - La escuchó susurrar.
No la miró. Se levantó, tomó la campera y salió por la puerta del bar.
Otra vez no. Dijo mientras se ponía la campera.
El frío le dio directo en la cara.
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