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26 de julio de 2012

Melancolía

Cuando decido que ya es suficiente, que es necesario un cambio, que ya no se puede, que tiene que ser de otra forma, que no alcanza, que no lo merezco, que no lo quiero, cuando decido entonces que algo en mi vida debe ser modificado, mi cuerpo, que nunca ha sido bueno para acostumbrarse a los cambios bruscos, implosiona dentro de mi ser, se contrae, y recae, se enferma, se seca, se desploma, se hincha, se destruye, solo en el breve momento en que le permito la última melancolía de lo ya no será más que pasado.

17 de julio de 2012

Corazón de Tiza

En pleno recreo, escuchó con total asolamiento las palabras que ella pronunció rápidamente en su oído, para luego salir corriendo y dejar la estela de un suave perfume a gomitas de frutillas, que emanaban volando sus trenzas en la velocidad del trote.
En la clase de matemática, luego de varios llamados de atención por responder tres veces, literalmente, cualquier cosa ante la práctica división de 36 por 3, la maestra lo mandó a dirección.
Se levantó evitando mirarla, rojo de vergüenza como el tomate que su madre cortó al mediodía para la ensalada. A la salida del colegio, aliviado de no haber vuelto a la clase, gracias al castigo de esperar el enojo de su progenitora, rememoró con los ojos cerrados la sensación de cosquillas que le hizo su voz en el oído. Su madre interrumpió su ensoñamiento parada frente a él de brazos cruzados, esperando la misma explicación que luego le dio obligado a la maestra: No durmió bien a causa de una lectura furtiva de las últimas historietas de Batman, pese a que su madre lo hubiese prohíbido, lo que lo hizo distraerse de cansancio en plena respuesta del cálculo. Afortunadamente, ninguno de los mayores necesitó mayor justificación, y la sentencia fue la prohibición de postre en la cena de ése día, y la lectura fuera de horarios vespertinos. No le importó, solo quería llegar a su casa, y ponerse a pensar sin zapatillas, como era que María Laura del Pilar Senada; "Laurita", había decidido amarlo en pleno 4° grado. Tirado en la cama con las manos debajo de su cabeza, repasaba la imposibilidad de ser amado, en tan exagerado sentimiento, por la chica más linda de la clase. Imposible, repitió varias veces mientras respondía al pedido de su madre sobre ordenar su cuarto. Imposible, murmuró cada minuto y medio mientras buscaba las cosas  que su madre le pedía traer en el supermercado y poner en el carrito de las compras. Imposible, repitió mientras se ponía el pijama y se comía el postre que su madre indulgente, le había permitido. Se durmió enseguida y cayó en un sueño profundo donde él se encontraba volando en una bandada de pájaros sobre un campo verde infinito, y era feliz con el viento despeinándole las plumas, luego bajaba en picada y se posaba en una ventana dónde veía, con total admiración, como "Laurita" se deshacía las largas trenzas.
Se despertó sobresaltado a la madrugada, y aunque aún sin creerlo, rogó que al llegar a la escuela, la niña de trenzas lo esperara para decirle que también él la amaba.
Antes de que su madre viniera a despertarlo, ya se encontraba con el impecable guardapolvo puesto, sentado en la cama con la mochila a su lado. El ceño fruncido de su madre lo alertó de estar realizando un comportamiento anormal, estoy enamorado, sentenció, y no le permitió emitir un solo sonido al respecto, deteniendo la risa de ella con la mano levantada y una mirada fulminante.
Al entrar al aula, se dirigió directo a su pupitre sin levantar la mirada, pero de reojo vio los zapatos con hebilla de charol de su pretendida. Toda la clase evitó mirar hacia su dirección, y en algún momento sintió pánico de que alguien más escuchara su corazón enloquecido. Cuando finalmente sonó el timbre del primer recreo, tenía la boca seca y le trasnpiraban las manos. Se acercó despacio hasta el lugar dónde la razón de sus nervios jugaba con dos amigas al Mensú (juego donde se golpean las manos con el compañero/s al son de una canción que nunca aprendió a jugar porque es de niñas pero siempre admiró la rapidez con que movían y palmeaban las manos). Su voz apenas fue un hilo de sonido, "María Laura" dijo, pero nadie lo escuchó, "María Laura" repitió con voz firme, un poco más alto de lo que hubiera querido, y ella giró. No sonrió al verlo como él se había imaginado toda la mañana en sus fantasías, de hecho, ella lo miraba casi con enojo y en la comisura de sus labios el creyó identificar un poco de desprecio. Sebastián Nicolás, dijo ella mirándolo a los ojos, tan profundo como el sonido de su voz. Y así, en ese espacio interminable de tiempo, tomó aire y respondiendo a la dura mirada le dijo: Esta tarde mi mamá nos puede llevar a la heladería Geppetto, a la vuelta de tu casa si tus papás te dejan que te invite un helado. Acto seguido, giró sobre sus talones y huyó de las risitas animadas que surgieron de las amigas de Laura. El resto del día pasó sin novedades, y ante la falta de respuesta, su corazón fue marchitándose con el pasar de las horas. Ni bien tocó el timbre de salida, la vio levantarse y caminar sin mirar a nadie hasta la salida dónde su mamá la esperaba en el auto. Ahí vio muertas sus últimas esperanzas y se reprochó con suma angustia no haber reaccionado siquiera cuando ella le volcó su confesión. ¿Acaso podía esperar una mejor reacción después de no haber dicho nada? Imposible, casi gritó, imposible que estuviera pasando aquello. Disimuló sus ganas de llorar atrás de un ataque de tos, hasta que finalmente llegó a la casa y huyó a la seguridad de su cuarto. Luego de un rápido almuerzo y la excusa de hacer la tarea, se retiró cabizbajo a llorar mientras su madre dormía la siesta. Pero el teléfono sonó camino a su pieza y escuchó a su madre saludar al interlocutor con suma cortesía. Sebastián, la escuchó llamarlo, alguien quiere hablar con vos. La sonrisa de su madre lo desestabilizó y la miró con desconfianza mientras tomaba el tubo del teléfono. Hola? dijo sin ganas, y la voz de María Laura del Pilar Senada, le respondió con un "hola" y luego cortó el teléfono después de decirle que la pasaran a buscar a las 4 y que tenía hasta las 6 porque luego iría a casa de su abuela. No hubo nadie más feliz en el mundo que Sebastián en ese momento. Apenas eran las 2 de la tarde y su ansiedad por el tiempo que faltaba, pusieron de horrible mal humor a su madre, que así y todo, ayudó en el peinado, la elección de la ropa y la distribución del perfume. A las 4 en punto tocaba el timbre de los Pilar Senada. Estaba tan nervioso que cuando Laura traspasó la puerta como una visión con sus trenzas con moños, Sebastián solo atinó a tomarla de la mano y caminar un poco más adelante de su madre y la que él deseaba fuera su suegra, aunque no entendía muy bien qué significaba esa palabras. Ambas iban comentando divertidas lo lindo que se veían juntos, pero ellos no prestaban atención, sus manos entrelazadas se agarraban fuerte, y sus corazones latían desbocados. Durante el helado, durante la caminata de vuelta y durante la despedida, no se dijeron ni una palabra, solo se miraron, se observaron, se estudiaron y se amaron como aman los niños: presurosamente,  atolondradamente, fugazmente. Fueron novios dos semanas, comieron 3 helados, 4 chupetines, 16 caramelos, 2 alfajores y 4 chocolatadas. Después, él empezó a jugar a la pelota, y ella a coleccionar papel de carta. Terminaron el colegio y el verano los encontró lejos, separados y felices en su infancia, en los años posteriores se transformaron en grandes amigos, hasta que fueron distanciándose al comenzar la secundaria. Ya mayores, él aún conservaba un papel de caramelo en forma de corazón pegado en la puerta de su placard, regalo de ella una tarde en el parque, ella guardaba una flor seca en su diario íntimo, que él robó de un cantero porque ella la quería. Ambos se recordaban y se sonreían en la distancia cómplices de un amor corto y silencioso, de una amistad más extensa y finalizada, pero feliz. El tiempo pasó, y no volvieron a verse.

3 de julio de 2012

El admirador

Me maravillaba la pequeña arruga que surgía en la comisura de sus labios cuando se reía. Siempre reía, por lo que yo vivía maravillado, babeando por su voz, esperando en los rincones su mirada atenta. Es cierto que nunca recibí un trato diferencial, ni una mirada particular que dejara ver el amor secreto que sentía por mí, pues no lo había y yo lo sabía con total claridad. En el ataúd de mi timidez, su perfume llenaba mis pulmones y el corazón se me desbocaba de deseo. No me sentía digno de ser destinatario de el tono tranquilo de su voz, ni la agradable conversación que mantenía, con suma educación, con quién requiriera sus consejos, comentarios, o simplemente por el placer de sentirse cómodo y reconocido por esa deidad. Anonadado por su belleza y lo grandioso de esa impecable inteligencia femenina, me paseaba por la oficina buscando "la casualidad" de encontrarme en los mismos lugares. Con minutos de retraso, segundos cuando la ansiedad me carcomía, bajaba en el mismo ascensor, hacía la misma cola en la cafetería, fotocopiaba miles de hojas sin sentido, solo para verla desde el caparazón de mi anonimato.Una tarde en que la fortuna me encontró esperando, la ví pasar presurosa por el pasillo, quizás un poco desalineada, había notado como una bala la media corrida que bajaba como un surco, un poco más abajo de la rodilla. Escuché la puerta del baño de mujeres cerrarse de un portazo, y luego un cuchicheo femenino en ascenso que llego a mis oídos. Al parecer su novio (por suerte no hubo testigos frente a mi cara desgarrada de dolor, lógico, tenía novio), la había abandonado por teléfono, el muy cobarde, el muy engendro, bicho canasto insignificante, desperdicio del universo, miseria de la vida, abandonar a esa Venus de Milo de carne y hueso, a esa maravilla de la creación, a esa mujer impecable y completa. Moría de rabia y de asco por aquel sujeto que con tal atrevimiento, había dejado en evidencia la humanidad humillada de ese milagro de persona. Me levanté balbuceando insultos de gran imaginación y creatividad, pues no encontraba las palabras exactas para describir el malestar que ese hombre desconocido me causaba. Sin pensar, llegué a la puerta del baño donde un grupo de mujeres se encontraba agolpado discutiendo los pormenores del último chisme. Con la mano en el picaporte, fulminé con la mirada, una mirada desconocida hasta para mí, a una muchacha regordeta dispuesta a protestar por mi irrupción al baño de mujeres. Al entrar, escuché el llanto contenido, y vi por debajo del box los delicados pies cruzados. A su alrededor, un montón de bollos de papel evidenciaban el acompañamiento de esa agua mocosa tan molesta a la hora de sufrir. Apoyé mis manos y la cabeza en la puerta cerrada para acercarme más, para poder escuchar su respiración agitada, los sollozos desgarradores de un corazón partido. No dejé que sus palabras me interrumpieran y desaté sin pausa la sarta de elogios contenidos que había acumulado durante años, y entre medio, confesé mi amor aniñado de admiración inmaculada. No sé cuanto tiempo mi corazón expuesto creció ocupando todo el baño, pero cuando ya no tenía nada más para decir, me percate que ya no lloraba. Hice una pausa, y cuando iba a empezar a hablar de nuevo, ya sin saber qué decir, la puerta se abrió. Me miró con los ojos hinchados, el maquillaje corrido, la ropa desarreglada, pero la frente altiva y una sonrisa deslumbrante que le iluminaba la cara. Se acercó, tomo mis manos entre las suyas, y besó mis palmas, y la punta de mis dedos y el dorso de ambas manos. Me besó dos veces en la mejilla y susurró unas cuantas veces gracias. Suspiró, se acomodó como pudo la imagen, y salió del baño.
No la volví a ver. No sufrí su partida, había sido tan fuerte el desahogo pegado a la puerta de cubículo en el baño, que toda mi alma se desarmó como si fuera de agua por mis dedos, volviéndose a armar con más ímpetu y seguridad. Esa noche dormí mejor que todas las noches de mi vida en que rogaba soñarla. Al día siguiente en la oficina, resplandecía de placer en mi secreto: Yo fui el que la hizo sonreír, aunque nunca supo mi nombre.