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25 de noviembre de 2011

Reloj de Arena

Fijate una cosa. No es que yo sea una bruja ingrata que ando volando con la escoba y riéndome a carcajadas. A veces me cuesta sonreírle al espejo y las siete de la mañana me dan ganas de llorar.
Te parecerá mentira que tenga ganas de meterme abajo de una frazada y cinco minutos despúes corretee por la casa, es solo la esperanza de un tiempo mejor. Fijate. Atrás de los ojos tengo un río dulce reservado para momentos especiales. Está añejado como un buen whisky, porque hace mucho que no tengo nada que reservar. La risa se me gasta más rápido pero los designios del corazón son poderosos y cuando entra la cabeza, se brinda con whisky. Había olvidado el sabor metálico de las penas y qué afortunada me sentía, que lejos se veían las imágenes gastadas de los albumnes rotos. Fijate una cosa. Aunque parezca un juego, esta situación es tan seria como el tiempo que desarma mi reloj. Nunca me acostumbré a depender de la hora pero deseo desesperadamente que los minutos y los días y los meses, se mueran rápidamente hasta que ya no quede nada, y pueda empezar de nuevo.

24 de noviembre de 2011

Ríos de lágrimas

Decidió poner de nuevo todas las cosas dentro de la caja, lloraba intensamente y a veces no podía ver por el torrente de lágrimas. Mientras las iba colocando en un orden que le pareció propicio (como venga), releyó todo lo que decían. Algunas cosas la hicieron reír, otras le arrugaron la ropa del recuerdo y cuando ya estaba suspirando, volvió a llorar. Había pasado ya tanto tiempo. Era dificil volver a pertenecerse otra vez, no encontrar otro reflejo en el espejo, otra taza en la pileta. El placard pulcro y ordenado que no vería jamás. Se esfumaron entonces los desayunos, las peleas domésticas, los hijos que no llevarían sus ojos, ni la nariz repingada ni las pestañas al cielo. Sentía la humedad salada bajar hasta su boca. La distrajo el sonido exterior. Las manos estaban ásperas y sucias de polvo.  Tenía las mejillas manchadas de tierra oscura y gris que marcó el dorso de la mano cuando se secó las lágrimas. Ya todo estaba guardado, igual que un poco de corazón que había quedado remendado a las fotos, a un pasado tan inminente como necesario. Era una caja demasiado chica, le pareció injusto su tamaño frente a lo que había sido inmensamente grande.
La casa estaba en absoluto silencio, salvo por el sonido recurrente de su nariz soltando mocos en el sin fin de bollos de papel cubriendo el piso.
Se quedó mirando a su alrededor y sintió que no había cajas suficientemente grandes para guardar la vida. El silencio seguía ahí, mezclado con la penumbra de la tarde. Sin ningún esfuerzo de contensión lloro escandolasamente hasta que sintió que se le había exprimido cualquier partícula de líquido en su cuerpo. Fue hasta el baño y se miró al espejo, la imagen que le devolvió no era una delicia: estaba absolutamente despeinada, con los ojos rojos e hinchados igual que la nariz y la boca. La cara sucia del secado contínuo de las lágrimas. Estaba a punto de abrir la boca en un alarido para llorar de nuevo, pero la detuvo notar un bello revelde crecido en el párpado. Lo miró con atención acercándose al espejo y lo extrajo de un tirón con la pinza depilatoria. Se miró de nuevo: mucho mejor. Soltó una rizotada y se rió hasta que le dolió el estómago.  Abrió la ducha, se baño, se vistió, se perfumó y se fue a tomar un helado con una compañia tan conocida como bienvenida: Ella misma.

21 de noviembre de 2011

Amor Maestro

Lo estaba esperando sentada en el segundo escalón de la entrada principal del edificio. Miró su reloj con detenimiento pero no prestó atención a la hora, estaba segura que se había retrazado dando alguna clase, tal vez charlando con algún alumno para darle consejos como hacer mejor el trabajo práctico. Él solía hacer esas cosas: ayudar a sus estudiantes a ser mejores estudiantes, aunque no siempre lo consiguiera.
Se olió la muñeca y comprobó que aún estaba intacto el perfume. Se había perfumado a escondidas para que su madre no se diera cuenta. No le gustaba que usara "ese tipo de perfumes" y Julieta se sentía confundida al respecto, ella también era una mujer ahora y sus perfumes de niña, que además se evaporaban en segundos, la hacían sentirse un bebé y ya no lo era. Se había cepillado el pelo con cuidado y mucho tiempo pues no lograba decidirse si el pelo recogido o suelto la hacía verse más grande. Optó por una media trenza que se hizo con afán y destreza. Se acomodó un poco la camisa blanca inmaculada y deseó que él se percatara del crecimiento de sus pechos el ultimo semestre. Su madrina le había regalado su primer sostén, era de algodón y modelo deportivo pues apenas se asomaban de su piel unas pequeñas curvas, pero Julieta sabía que era el paso intermedio para poder usar los sutien de encaje que usaba su madre. Su periodo le había venido hacía casi un año, a sus once recién cumplidos, y había sido un gran acontecimiento en la familia. Fueron a comprar con su madre y su tia todos los elementos de higiene y ella se sintió desbordante de felicidad.
Mientras recordaba eso, el celador del edificio la miraba curioso desde atrás del gran ventanal, sentado en un escueto escritorio. Julieta le echó una mirada furtiva y él sonrió divertido.
Ya había pasado más tiempo del que planeaba esperarlo y estaba empezando a caer la tarde. Si no llegaba a su casa antes del anochecer su padre se pondría furioso. Trató de no pensar en eso y puso más énfasis en repetir el discurso que había preparado minuciosamente para declararle su amor. En él incluía que entendía la diferencia de edad pero que eso proporcionaba que el pudiera enseñarle todo lo que había aprendido, despúes de todo era maestro y se notaba que disfrutaba enseñar. Como ya hacía rato que tenía su periodo, podía darle hijos según había leído a escondidas en una revista de sexualidad, que su amiga Maite le sacó a su hermana (aunque no entendía muy bien cómo). También incluía presentaciones familiares, cosas en común con su padre, para ayudarlo a aceptar el amor que se tenían, y un profundo agradecimiento por la nota escrita en su boletín comentando lo contento que estaba de tenerla de alumna. Julieta era la más participativa en clase, siempre hacía los deberes y se destacaba por su empeño en mejorar día a día, lo que hacía que su maestro le dedicara grandes sonrisas y ella muriera de amor.  Mientras ensayaba las palabras en diferentes tonos, vió doblar la esquina el auto que tanto había esperado. Se paró de un salto, puso el pelo largo y brillantes sobre los hombros y sonrió espectante a la espera de ese hombre de ensueños que la hacía flotar. El auto estacionó en la puerta y vió bajar una mujer de pelo moreno y hermosos ojos color esmeralda. Llevaba en sus brazos un bebé de casi seis meses con el pelo rubio casi blanco como un ángel. Julieta se decepcionó de que no fuera el auto que esperaba pero entonces, el hombre al volante asomó la cabeza por sobre el techo del auto. Su maestro aún no se había percatado de su presencia y menos aún de la mirada de espanto que Julieta paseaba entre él y la mujer con el bebé. Mientras ellos avanzaban abrazados, Julieta iba repitiendo las posibilidades de que la mujer fuera la hermana, la prima, la vecina a la que había hecho el favor de traerla, cualquier persona menos su esposa, cualquier persona menos su hijo. Su maestro la miró sorprendido e inmediatamente esbozó una refulgente sonrisa. - Julieta! Qué sorpresa. Pasó algo?- ella intentó responder pero nada salió de sus labios- Estás bien? - Preguntó el maestro preocupado.
- Quién es la nena Marcos?- La voz de la mujer, aunque amable, llenó de ira la razón de Julieta.
- NO SOY UNA NENA- Gritó a viva voz mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. - Cobarde- bramó con voz ronca, y se fué corriendo sin mirar atrás. Corrió las 20 cuadras que la separaban de su casa y subió los tres pisos sin aire y con el corazón seco de llanto. Cuando su madre llegó la encontró  acostada a oscuras en su cuarto. Volaba de fiebre y tenía los ojos hinchados. El médico le diagnosticó una gripe severa y pasó en cama la última semana de clases. Su maestro llamó preocupado varias veces, todas a las cuales se negó a atenderlo argumentando difonías, dolores de cabeza o haciendose la dormida. Al terminar el verano empezó la secundaria. El primer día de clases indagó durante 25 minutos a la secretaria para serciorarse de que todos los profesores fueran viejos aburridos. Antes de entrar a clase se tocó el corazón y suspiró aliviada. De espalda a la mirada de la clase, una señora rechoncha escribía su nombre en el pizarrón.

14 de noviembre de 2011

Hechizo de Amor

No sentís como un cosquilleo en la nuca que te hace quedarte parado en una esquina o dirigirte a determinado lugar sin motivo alguno? No sentís como una voz que te llama despacio, que te susurra al oído mi nombre y te hace acordar de mí? No sentís como la sensación de que rondo tu presencia? Que persigo tus pasos y adivino tu camino, qué quizá me encuentres de casualidad en alguna esquina y mi cuerpo pase inadvertido por delante de tus ojos hasta que, levemente, mi sonrisa crezca ocupando gran parte de mi rostro y me acerque, así por casualidad, hasta la calidez de tu boca y te diga mientras te beso, mientras saboreo el dulce espesor de tu saliva, mientras siento tu mordisqueo apenas en mis labios, que hermosa casualidad encontrarte en una ciudad tan grande, y me mires sin despegarte de mi cuerpo y de mis brazos, y besándome de nuevo me respires en la boca entreabierta y susurres que me estabas esperando. Sentís eso? Es Magia.

7 de noviembre de 2011

Arremolinada

Si la certeza es una duda disfrazada, estamos en problemas. Y creo que lo estamos.
Sin embargo (con el índice arriba de la interrupción exacta) pienso que es probable una sugestión por parte de los días grises y esos vientos irracionales que se levantan a media tarde. O quizá esas manos y esa boca. La lengua aterciopelada, el abrazo y la contención del pasado, el presente y el incierto futuro. Incierto porque sin certeza no se puede más que avanzar a ciegas y ahora dudo de mis propias imágenes, y confundo los sentimientos mientras me mareo. Cuando pienso, recuerdo y me sugestiono, por ese viento. Por aquel sol de la tarde que no disfruto acompañada más que por mí. Y dudo, mientras se me resbala la tarde por la espalda, de que haya tenido una certeza más clara que no saber nada.

4 de noviembre de 2011

With Out

Antes, cuando te conocía, cuando tus pasos rozaban apenas mis pasos y de vez en cuando, solo de vez en cuando, tu piel tocaba despacio mis dedos, podía escribir el mundo. Las letras salían presurosas a tu boca imaginaria, a la curva en que dibujaba tu espalda, el incio de tus manos en mis manos. No eras vos ni era yo, no eran cuentos de amor o locura, eran palabras entrelazadas como el deseo de la musa de encontrarse en los escritos, y ahí estabas, escondido en mi inspiración, agazapado, dormido en la sombra sin saberlo, donde mis ojos estudiaban tu nuca, tu mueca, tu hastío. Dejé de encontrarte perdido en la bruma, dejaste de buscarme detrás de los setos y las begonias. No volvimos a encontrarnos y ahora las historias se escriben solas, pero no las escribo yo.