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14 de mayo de 2010

Muchas golosinas antes de dormir

Me acerqué a la ventana y ví la gente en la playa. Unos chicos pequeños jugaban en la arena, otros, metidos en el mar,chapoteaban y salpicaban agua dando saltos y gritos.Una típica escena de verano. Las señoras poniéndose bronceador, el hombre con los brazos en jarra remojando los pies en la orilla, el olor de la brisa salada llenando mis pulmones. Sonreí, el sol me iluminaba la cara y calentaba mis mejillas.
Giré la cabeza hacia el otro lado, todavía sonriente, placentera de esa imagen que uno disfruta cuando no hay tiempo, cuando no hay otra preocupación más que el sol sea generoso y se quede hasta tarde. No encontré el paisaje que esperaba, no había gente cargada con sombrillas y biandas para pasar el día, no había nenes compitiendo por ver quién llega primero al agua, ni el heladero comenzando su jornada, opacando toda situación posible, desde atrás del edificio más alto, allá a lo lejos, el terror se materializó en una enorme, gigante, imponente ola. Miré dos veces,era imposible, era absolutamente improbable. No estaba en una película, no era la protagonista del último film de tragedias naturales anticipando el fin del mundo. Eso, no podía ser real. Miré de nuevo la playa, el agua serena, la gente siguiendo sus rutinas de diversión. ¿De dónde venía esa ola? ¿Cuántos kilometros había recorrido? ¿Con cuánta vida había arrazado? La piel se heló. La sangre. El corazón detenido. Los chicos, susurré. Giré sobre mis talones con la imagen de esa magnífica masa de agua turqueza y espumosa que iba a acabar con todo. Mientras bajaba los dos pisos que me separaban de la planta baja a tropezones intentaba dilucidar cómo nos salvaríamos de tal catástrofe. Llegué finalmente a la puerta de entrada del edifició en lo que me pareció una eternidad. Salí con los brazos en alto, sacudiendo las manos, corriendo hacia la escena pacífica de un momento atrás. No escuché mis gritos, no vi la gente correr ni desesperarse.Un poste de lo que alguna vez fué un muelle, llevaba atado una soga, una larga soga. La ola venía, no tenía tiempo. No iba a tener tiempo. Empecé a desenredarla del poste percurdido por años de agua. Necesitaba atarmelo en la cintura, si la ola venía podría flotar hasta la superficie. El miedo entumecía mis dedos y no podía pensar con claridad. Necesito más soga. Desaté nuevamente el nudo en mi cintura con tal rapidéz y violencia que me sangraron la yema de los dedos. Tengo que flotar o me ahogo,tengo que flotar. Tienen que atarse, grité. Lo grité muchas veces, con desesperación. Más cerca, un edifico se hacía escombros producto del choque de la ola furiosa. No va a aguantar. Se va a cortar la soga. Me voy a ahogar. Me agarré al poste con todas mis fuerzas, apreté los ojos y rogué que la soga fuese lo suficientemente larga, que el poste estuviese lo suficientemente clavado, que tuviese la suficiente fuerza. Luego, sielencio. Nada.
Abrí los ojos con temor y sin poder salir de mi asombro ví como el agua cristalina se escurría por mis pies medio enterrados en la arena. Estaba fría, como el agua del mar. Me quedé mirando hacia donde momentos atrás,se aproximaba mi muerte, sin entender, con la soga atada a la cintura y las risas de los chicos chapoteando en la orilla.

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