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9 de marzo de 2015

ClarOscuro

Había solo que ponerle chocolate y chuparse los dedos. A Delfina la vída le parecía así de simple y necesaria. Vivir por gusto, porque para morirse no hace falta más que ganas, pregonaba en cualquier oportunidad y es que de eso, de las ganas, Delfina sabía muy bien. Siempre había sido muy criteriosa para afrontar la felicidad y desmenuzarla, tanto que a veces no la podía encontrar. Pero cuando a las cinco de la tarde le daba el sol en la frente, Delfina sonreía y se veía así misma girando en un prado en clásica escena de amor y libertad. Se le antojaba que si realmente estuviera ahí, olería a jazmines y verde, a pasto, a lluvia. Algunas veces Delfina volvía a su casa desquebrajada un poco de vivir su vida y el amor le parecía una hoja en blanco sin inspiración para llenar, y la luna solo el satélite natural de la Tierra. No había magia en esos momentos, al menos hasta que dejaba los zapatos debajo de la mesa y descalza mordisqueaba sanguchitos de pan con queso que consideraba un manjar. Placeres pequeños, pero precisos, adornaban la vida de Delfina, y la felicidad era una actitud y no un deseo, y el sol era el Astro Rey de todas sus pasiones. Y cuando a veces le agarraban esas tremendas ganas de morirse, donde la realidad lo asimilaba y transformaba todo, agarraba su tristeza, le ponía chocolate y se chupaba los dedos.

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